
¿Sabían que los judíos somos avaros? ¡Claro que sí! Nos molesta sacar cada peso del bolsillo. Pero ¿sabían que los judíos también somos derrochadores de dinero? ¡Tenemos tanta plata que las gastamos por doquier y en cualquier cosa! ¿Alguien notó alguna contradicción entre los términos avaro y derrochador de dinero? Sin embargo el judeófobo no ve la diferencia.
Capitalista y comunista, cerrado al medio y asimilado a él, codicioso y rezagado, entre otras contradicciones, son igualmente adjudicadas al judío. Lo irracional de su ceguera, proviene de miles de años en que se enraizó firmemente la creencia de que los judíos son leprosos, que preparan pan con la sangre de niños cristianos, que causan plagas, que planean la conquista del mundo y que asesinaron al mismísimo D’s. Esto ha generado que el judío sea estereotipado. Está “el judío” y están los judíos. Como me dijo una señora que me contaba cómo el servicio secreto israelí había tirado las Torres Gemelas: “Contigo está todo bien. Incluso tengo muchos amigos judíos muy cercanos, desde la infancia. Pero ‘el judío’ es…” y largo a decir la vieja y querida lista de disparates. Existe el judío estereotipado, el que flota como un mítico fantasma sobre la historia. Ese judío que tan bien definieron los nazis, con nariz larga y joroba; y ahora los extremistas árabes lo dibujan con sangre de niños entre los dientes.
¿Cómo llega a estas ideas el judeófobo? Según estudios realizados por psicólogos y psiquiatras en el área, el mecanismo (en general) suele ser así: Esta persona es sumamente inestable emocionalmente, con un largo pasado de frustraciones. Por esto, ha debido crear una careta para su personalidad, de manera de poder vivir en sociedad. Es para afuera, en su vida cotidiana, alguien que realmente no es. Vive en una permanente tensión emocional, en un conflicto psíquico constante, el cual no teniendo solución dentro de él, lo “tira” afuera, lo proyecta hacia los demás. Esta proyección de sus conflictos, lo alivia, le hace sentir más tranquilo “sabiendo” que él no está tan mal. Y comienza a odiar a quien fue proyectado su conflicto. Parafraseando a nuestros sabios: “Lo que no te gusta del otro en extremo, es en realidad algo que te molesta de ti”.
Pero necesita alguien, que esté en el momento y el lugar indicado para ser inculpado. Y adivinen quién es… Ahora, ¿por qué tenemos el mérito los judíos de recibir semejante privilegio? Porque después de miles de años de mitos y persecuciones, somos terreno más que fértil para descargar virtualmente lo que se quiera y como se quiera. El estereotipo judío (consecuencia de mitos inmortales) colabora mucho con esta proyección y el judeófobo no tiene que hacer un gran esfuerzo psíquico porque ya en la sociedad se encuentra ese modelo de judío. Se lo entrega en bandeja. El judeófobo ve entonces en el judío lo que necesita ver. Y para su fortuna, no está solo, sino que es apoyado por muchos que piensan como él.

Claramente se ve la irracionalidad de estas proyecciones, cuando por ejemplo, el judío es inculpado por ciertas características que en otras personas constituirían un honor. Como el caso de una persona, registrada en una investigación, que acusaba fervientemente a los judíos de ser afortunados, sexualmente potentes e inteligentes. ¿Cuál es la acusación? A veces no se proyecta sobre ciertas cualidades específicas, sino sobre algo más general, más difuso, como por ejemplo la mera condición de ser judío. Así tenemos el caso de un paciente que en determinado momento de su sesión de terapia, se da cuenta que su psiquiatra es judía, hecho que lo deja pasmado. Luego de reflexionar unos instantes le confiesa que, a decir verdad, los judíos “no eran tan malos” y que no se explicaba “por qué se llamaban judíos”. (¿¡?!) ¡Tan profunda es la estereotipia, que llamar a alguien “judío” se convirtió en insulto! Eso sin mencionar que “judear”, que equivale a molestar, es un verbo de largo y extenso uso en este país. Tampoco los religiosos (cuya condición de judíos es visible) saben cómo reaccionar cuando en la calle les gritan “¡Judíos!”. Muchos les gritan en respuesta “¡Gracias a D’s!”. Más seguido ocurre que cuando el judío admite a un compañero su judaísmo, la respuesta es “¿En serio? ¡No parecés judío!”. ¡Claro! Si los judíos de Uruguay, Etiopía y Alaska somos igualitos…
Ahora, una observación: ¿se puede utilizar el mismo término para definir al fanático que planea cómo matar judíos, y a la persona que cada tanto hace observaciones o chistes antijudíos? La respuesta es que quienes tienen estereotipos judeofóbicos, no necesariamente son judeófobos. Los estereotipos se basan en pre-juicios. Sin llegar a un extremo, todos nosotros pre-juzgamos todo el tiempo, con respecto a muchos asuntos, y estas generalizaciones nos sirven para conservar energía en el proceso intelectual. Claramente, la mayor consecuencia de este pre-juicio es el pensar estereotipado. Sin embargo, incluso en esos casos de estereotipos antijudíos que provienen de personas no judeófobas, tenemos un claro índice de cuán enferma está la sociedad en general en la que está inserta esa persona.
Los mitos contra los judíos y la proyección sobre ellos, se han unido durante la historia, resultando en una mezcla literalmente mortal. Sin embargo explicar el fenómeno de la judeofobia es mucho más complejo. Por ahora, esto fue sólo una mera aproximación.
